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G de Guadalajara. Crónica 7

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G de Guadalajara. Crónica 7

Nuño Beltrán de Guzmán, el más aborrecible guerrero de los que conquistaron España y quizá el hombre más perverso de todos cuantos han pisado la Tierra añoraba en secreto su querida Guadalajara. De modo que exploró el territorio que los americanos habían bautizado como Castilla y junto al río Henares, que los indígenas llamaban wād al-ḥaŷara, fundó la segunda Guadalajara. Fue una hazaña digna de mención; se diría que la Concatedral de Santa María o el Palacio de los Duques del Infantado nada tenían que envidiar a la Glorieta de los Hombres Ilustres o al Paseo de Chapultepec. La ciudad edificada en la península ibérica era sin duda primorosa, pero las diferencias no hicieron sino aumentar su nostalgia. No se podía aquí disfrutar de una torta ahogada, y la piel de las mujeres era blanca en lugar de bronceada, y no había aromas de maíz en el aire. Y por más bella que fuera esta, jamás podría aspirar al sobrenombre de la otra: la ciudad de las rosas. Así que cuando, cargado de grilletes, Nuño Beltrán de Guzmán ocupó el roble de la nao que le llevaría al Juicio de Residencia, a una prisión en México y a la muerte, sonreía, soñando con pasear por la Plaza Guadalajara, anhelando contemplar, una vez más, el atardecer en las escaleras del Teatro Degollado.
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