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Crónica 5. E de elote

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Crónica 5. E de elote

La bola de fuego giraba en la tierra. Desde siempre rodaba sobre la piedra y el polvo, y su sudor y su brillo habían hendido un gran surco tiznado de cenizas. Nunca antes nada había interrumpido su marcha perpetua pero, de pronto, la bola de fuego se detuvo. Admiró el recto dibujo horadado que se perdía en la lejanía y al posar la vista en el suelo reparó en el pequeño brote de una planta que asomaba tierno entre las grietas de la tierra. Un recién nacido en los rescoldos de fuego y luz, un minúsculo elote forcejeando para alzar su mirada entre las piedras. Al instante la bola de fuego continuó camino, ensanchando el surco a cada giro, vuelta tras vuelta de las muchas que dio para retornar, inevitablemente, al elote. El maíz mostraba ahora maduros sus granos pero la esfera rodante, imparable, aplastó al cereal. Luego, por segunda vez desde el principio de los tiempos, se detuvo y contempló la verde mazorca consumiéndose en llamas, transmutándose en carbón. Al poco el carbón fue ceniza y de la ceniza brotó el torpe bulto de un cuerpecito aceitunado, de ojos cerrados, que desplegaba delicadamente brazos y piernas. No permaneció mucho tiempo detenida, la bola de fuego retomó la senda y se alejó del nuevo ser que crecía a sus espaldas. La niña de cabellos negros y pequeños pechos desnudos abrió los ojos, se desperezó y se alzó en las suaves formas de una mujer que encontraba su cuerpo y la tierra. ¿Durante cuánto tiempo? Puesta en pie, se trenzó la cabellera, y apenas pudo sacudir de su tersa piel la pavesas cuando escuchó el estruendo de la gigantesca bola que se acercaba completando la vuelta, y poco después vislumbró su llama y recordó su calor. Sintió miedo y huyó por el negro surco iluminado pero, enorme e incansable como era, la esfera la alcanzó y la engulló. Por tercera vez, la bola de fuego paró su marcha, observó alrededor y vio detrás de sí a la mujer en llamas, luego carbón, luego cenizas. Y por último, de las cenizas, de nuevo el brote de una mazorca alzándose lentamente, mostrando alegre sus semillas. Y así siguió: un elote, carbón, cenizas, una mujer, carbón... Pero no para siempre, la bola de fuego dejó a los elotes y a las mujeres, brotes en los rescoldos de fuego y luz, solos en la tierra. Alzándose halló también su lugar en el cielo y aquella noche amaneció.

 

el 2. Estrella invitada: el 1

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