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Crónica 21. T de Tamal de Azúcar

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No es nada fácil escribir de México en la distancia, esa es la verdad, así que terminar estas crónicas me va a costar sangre, sudor y lágrimas. Ahora porque estoy feliz en Córdoba y antes porque echaba mucho de menos Guadalajara. Pero sí hay algo, antes de llegar a la Z, que les quiero contar:

Que me enamoré de México, a estas alturas, ya no es una sorpresa para nadie. Por eso se entenderá que cuando mi amigo del alma nos invitó a pasar unos días junto a él en Río de Janeiro y sobrevolé de camino los dos millones de kilómetros cuadrados de la república del águila y la serpiente sentí que le estaba siendo infiel a México en cierta medida. Mi amigo, al que llamaremos número 7 y al que no veía desde hacía más de tres años, nos recogió a las seis de la tarde de uno de los grandes aeropuertos de Brasil, sumida en la oscuridad más intensa de mediados de invierno. En aquella oscuridad, atravesamos el tráfico de Río y llegamos al apartamento en el que nos había instalado. Desde el ventanal del séptimo piso la oscuridad subía con acento portugués, dormí profundamente y sin sueños en mi primera noche en Brasil, y a la mañana siguiente una luz nueva bañó la habitación. Desde el cristal pude ver un cielo sin mancha reflejarse en el oleaje de la bahía de Guanabara, el paseo entre las palmeras y los almendros tropicales de la playa de Flamengo y, a la derecha, después de Copacabana y Botafogo, el Pan de Azúcar. Volví a sentir una punzada de remordimientos, aquella vista era tan francamente hermosa, la naturaleza tomando las calles con aquella fuerza, penetrando en las ventanas abiertas, levantando el suelo con sus raíces, agitando el cielo con sus pájaros, enterrando el ruido de los automóviles con el movimiento de sus ramas, que me entraron ganas de no volver ni a México ni a España y quedarme allí para siempre. Fueron unos días maravillosos, de todos los regalos que nos hizo el número 7, hay uno que no olvidaré jamás. Habíamos terminado de cenar en un restaurante cercano a la laguna Rodrigo de Freitas, la única laguna que queda en Río (de las siete que había en la ciudad), y en la que la noche se observa con expresión interrogante, a través de su flequillo de altos edificios iluminado por farolas temblorosas y con sus ojos estrellados del hemisferio sur. Dábamos un paseo por calles en penumbra en las que Jobim y Vinícius inventaron aquella canción de aquella famosa chica, cuando de repente y sin previo aviso surgió el mar. Una extensa playa se abría a derecha e izquierda y el olor templado y salobre nos bañó. Conozco bien al número 7 y sé que había elaborado esta sorpresa meticulosamente. Nos adentramos en la arena, pequeños cristales de color miel, y nos enfrentamos a la negrura del océano en la noche. Las olas del Atlántico rompen en la playa de Ipanema con fuerza. Dice el número 7 que Ipanema significa aguas peligrosas y sin peces. De modo que toda aquella belleza era estéril. Nos sentamos en la arena, a nuestras espaldas la ciudad iluminada y al frente una gran nada negra. El número 7 se tumbó junto a mí y yo lloré en silencio. Supongo que fue una cobardía, estando tan cerca del número 7, llorar en silencio, pero estaba todavía con la tarea de acostumbrarme a vivir en Córdoba donde le enseñan a uno a guardar para sí las lágrimas. Me acordé allí de la playa de El Faro, en Michoacán, en el Pacífico mexicano y de lo difícil que era entrar en sus aguas. Pero lo que más dolía era sencillamente, contemplar aquella esa belleza sin fruto, aquella negrura interrogante a la que no podía quitarle los ojos de encima. Vi que el mundo se parece mucho, que está cosido por lugares inimaginables, ¿cómo puede si no la playa de Ipanema, Brasil, limitar con la playa de El Faro, México y con el Guadalquivir, Córdoba? Y en la oscuridad está sin duda la respuesta. La literatura es una mezcla extraña de fertilidad y esterilidad. En aquel momento, acompañada del 1 y el 7 sentí una infinita compañía y una infinita soledad. Y sentí que el hombre no puede encomendarse a una oscuridad sin fruto, y así la literatura que no contiene alma no puede nutrir a nadie. En esa negrura, la creación. En esa negrura, el magma primigenio. En esa negrura, la esperanza. Dios, fantasía, o espíritu, no hay manera de vivir en una playa inerte. Desde entonces porto conmigo esa misma nada fértil donde hay plantada cien semillas.

 

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