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Crónica 17. P de pan de muerto

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Crónica 17. P de pan de muerto

El 2 de noviembre Javier y yo salimos a dar un paseo por la noche. Era una noche oscura, ligeramente templada, el cielo se abotonaba su traje de ceremonias y se colocaba el broche de una pequeña luna menguante. Decenas de catrinas adornaban las calles del centro con sus blancos esqueletos cubiertos de pintorescos vestidos de colores y enormes sombreros. Grandes y pequeños se arremolinaban en cada esquina, haciéndose fotos con los esqueletos que, en su dia, inventara Posadas y Diego Rivera llevara después a la fama. Contemplamos los puestecillos callejeros de dulces, panes y pasteles adornados con papeles brillantes y, de entre las calaveritas de azúcar, chocolate y amaranto, elegimos una de azúcar con los ojos de lentejuelas verdes. En otro puestecillo compramos uno de los deliciosos panes de muertos que se fabrican para la ocasión. Me refiero al Día de los fieles difuntos y Día de todos los santos, como se conoce en España, o Día de Muertos, como se dice más escueta y expresivamente en México. Paseando entre la algarabía de la muchedumbre me acordé de mi papá, que me había contado esa mañana a través del skype que había pasado unos días limpiando las tumbas familiares, reparándoles las grietas y pintándolas. Mi madre y mi abuela habían hecho lo propio con las de su familia, pero con un mes de antelación. A mi abuela le gusta hacer las cosas con tiempo. “¿Quién se encargará de esto cuando yo falte?” Le dijo mi abuela a mi madre y mi madre le contestó que no se preocupara, que lo haría ella. Y así, la abuela, presumiendo su nuevo andador con asiento y cestita de mimbre, regresó más tranquila a casa. De modo que allí estábamos, Javier y yo, sentados en el banco de la plaza, compartiendo nuestro pan de muertos y un cafecito, cuando se puso a tocar una escandalosa banda de música. Son días serios y tristes en España y no tan serios y tristes aquí. Cuando llegaron por primera vez los españoles a esta tierra se encontraron con un concepto de la muerte muy diferente al suyo. Los indígenas consideraban que las almas no morían con las personas, se marchaban a Mictlán. Y allí quedaban muy a gusto, las almas, y hasta podían regresar al mundo, una vez al año, para visitar a sus familiares. Es por esto que el día de los muertos no era sino una gran fiesta familiar, la de la reunión entre los vivos y los muertos. Hoy, el Día de Muertos es una curiosa combinación de la tradición indígena y la española y es considerado por la UNESCO Obra Maestra del Patrimonio Cultural Oral e Intangible de la Humanidad. De vuelta en nuestro depa, coloqué la calavera de azúcar en el altar de muertos que había hecho con las fotos de mi abuelo Manuel y mi abuela Manolita. Ambos tenían agua y comida para su largo viaje, según he visto que se ha de hacer. Luego, mi marido y yo cenamos, y la charla se puso interesante. Hablamos de muchas cosas, de cosas que implican un profundo cambio. Hablamos de la carta número XIII del tarot de Marsella: el arcano sin nombre, la transformacón radical, con su blanco esqueleto desnudo y su guadaña que siega todo lo viejo e inservible. Y recordamos a Natalia, la tinerfeña que conocimos durante nuestro traslado a México: “Ya veréis, México es transformador”, dijo, “A menudo no te da lo que esperas, pero siempre te da más de lo que esperas”. La madrugada del 2 de noviembre nos dimos cuenta de que México transformador ya había hecho su trabajo. Cuando apagué las velas del altar para irnos a dormir eran las seis de la madrugada. Contemplé durante unos instantes la mirada traviesa de mi abuelo, que posaba para la foto con su sombrero ladeado, las piernas cruzadas y una sonrisa; y a mi abuela, serena y contenta, con su traje de los días de fiesta, azul marino estampado con florecitas blancas, y tuve la sensación de que definitivamente ambos habían tenido mucho que ver en nuestra conversación. “La muerte me está mirando desde las torres de Córdoba”, de repente, el verso de Lorca cobraba un nuevo sentido para mí, la muerte que me miraba desde las torres de Córdoba no era era una muerte a la española, trágica y desgarradora, sino esotérica, mexicana, ancestral, la de mis abuelos que venían de muy lejos a visitarme a un lugar en el que jamás habrían sospechado estar. Y así fue que, al día siguiente, comenzamos los preparativos de la mudanza. Empieza otro viaje, primero por el llano hasta el DF y después, por el viento, hasta casa.

el dos

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Comentarios Crónica 17. P de pan de muerto

Me encanta Ana Belén.  Simplemente tu estilo me atrapa, irremediablemente;  más aún cuando sincretizas, de nuevo,  como si fuera la primera vez, nuestras tradiciones con las españolas en este escrito. Espero que pronto, el viento me lleve hasta Córdoba como a ustedes... Un abrazo... :-)
Me encanta Ana Belén.  Simplemente tu estilo me atrapa, irremediablemente;  más aún cuando sincretizas, de nuevo,  como si fuera la primera vez, nuestras tradiciones con las españolas en este escrito. Espero que pronto, el viento me lleve hasta Córdoba como a ustedes... Un abrazo... :-)

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