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A de ajolote. Crónica primera

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sol, limón y sal

(Día 45.) A de Aventura, también. La aventura empezó durante el viaje a la capital para coger el avión, un pequeño desastre, Iberia operaba el vuelo que compramos en la Brithish Air y nos llevaron hasta Londres tarde por avería. Allí nos pasearon por el aeropuerto y sin darnos más explicaciones nos montaron de vuelta a la capital, donde nos hicieron pasar otra noche para que pensáramos de verdad si queríamos volar a México. Salió que sí, que sí que queríamos volar. Conocimos a otros tres viajeros sin avión, todos perdidos, todos españoles, y todos con dudosas intenciones en México, como nosotros. Nos caímos bien y pasamos juntos el mal rato. Todos habían dejado atrás a los suyos, para inventarse otras familias. La mía (entre ellos el número 4) fue a despedirnos al andén. Y cuando conseguimos llegar al tren llorando de lo que pesaban las maletas y se puso en marcha apenas hablé con el número 1. Nos miramos con tristeza y dijimos que las maletas sí que pesaban, así hasta la capital. Me he acordado de ese día desde que he llegado, como en la noche que de repente nos sorprendieron con fuegos artificiales, hermosas margaritas de fuego sobre el cielo nuevo de México. Tan cerca que las pavesas caían sobre el tequila. Como esa tarde que cantaron la canción mixteca en una cantina: "qué lejos estoy del suelo donde he nacido". El número 1 diría que aquella tarde estuvimos tristes, pero que al día siguiente no. México es ancho, y tiene mucha gente, y hace mucho calor. Es difícil estar triste aquí. El jardín de la casa de mi amiga está lleno de pájaros, a veces me siento a escribir y sobrevuelan mariposas y colibrís entre las buganvillas. Para romper el idilio sólo hay que tomar el carro y manejar hasta la calle Alcalde, que atraviesa la ciudad "a vuelta de rueda", es decir, muuuy despacio, porque el tráfico de esta ciudad es excesivo, todo aquí es algo excesivo. Y mi ciudad natal es uno de esos barcos veleros dentro de botellitas de cristal, igual de hermosa, hermético e inmóvil. Mi ciudad cabría entera dentro de un barrio de Guadalajara. Guadalajara es definitivamente más grande, me da un miedo horroroso, no se la puede sujetar con las dos manos. Pero estoy escribiendo, cuando escribo no tengo miedo, no echo de menos a los míos, cuando escribo me siento en casa. Recuerdo que el número 3 insistió en que había que abrir este blog, y recuerdo que cuando llegamos a la casa del número 6, estuvimos a punto de hacer la primera entrada del diario, pero nos quedamos charlando en la cama, y al día siguiente, ahora sí, D. F. y Guadalajara. Estoy aquí para aprender, para escribir, y en parte escribo para saber por qué estoy aquí. Por eso la primera palabra mexicana de mis crónicas es Ajolote, sencillamente un renacuajo. Brindo por ustedes con herradura blanco suave. El más rico y el más caro.

 (El 2.)

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